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La conversación masculina

El hecho científico de que las mujeres aprenden a hablar antes que los hombres, es un fenómeno que muestra más de las diferencias que marcan un abismo importante entre los géneros. Y no sólo hablan antes, sino que también, biológicamente, son más adelantadas en los cambios sexuales de la adolescencia, que los hombres. La mujer es precoz en todo, hasta en envejecer y esto, trae enormes consideraciones que hacen de nuestra especie humana, muy interesante para analizar. Pues, si la mujer se vincula desde esta precocidad, su conversación con sus compañeras, se verá mermada por esta misma madurez o forma íntima de ver la vida. En cambio en los hombres, su mismo modo de desarrollarse y de vincularse con lo externo, a su vez, proyecta en su conversación, otros ejes comunicativos. La conversación masculina hace referencia y emula al dominio al dominio del mundo externo; en tanto que las mujeres, buscan en sus conversaciones una proyección de su mundo interno.

A lo largo de la historia, los hombres siempre se han juntado a dialogar. Crean clubes y academias donde reunirse. Conversan de asuntos públicos, deportes o de sus hobbies. Arman cofradías de acuerdo a sus intereses. A su vez, el fenómeno de la pandilla del barrio, el grupo juvenil, los amigos de verano, incluso, la guerra entre los clanes de diferentes cursos, operan como juegos infantiles, propios entre adolescentes. Y estas competencias, reproducen el fenómeno primitivo de la caza, preparando a los jóvenes para su defensa territorial. El campamento del scout moderno es, entonces, una réplica conductual del antiguo comportamiento del cazador, que implicaba crear lazos entre los guerreros, jugar a la lucha, hacer un refugio en un lugar inhóspito o arriba de los árboles, usar cuerdas y cuchillos para acampar. Todas estas prácticas son originalmente masculinas e implicaban un lenguaje dirigido a la sobrevivencia. La conversación masculina ocurre, de este modo, en torno a la fogata, en esos campamentos de antaño. Lo que en tiempos modernos significa reunirse en asociaciones, en torno a una mesa o en un asado, en el que reproducimos el antiguo patrón de la casa, donde la tribu celebraba el festín de ese animal cazado. ¿Por qué? Porque necesitamos, de alguna manera, conquistar simbólicamente lo que nos rodea. Seguimos siendo cazadores, sólo que esta vez, “cazamos” ideas, espacios, desafíos, hazañas.

Por eso es que los hombres hablan de trabajo, del último modelo de auto, del fútbol o de una catástrofe aérea, es decir, de asuntos externos. Además, el hombre conversa con quien ha probado una cierta confianza y se sincera con el que conoce. La mujer, en cambio, conversa con otra mujer, sin que necesariamente ambas se conozcan tanto. Y, siguiendo su intuición, puede llegar a un diálogo muy íntimo, en poco tiempo, con una confianza que nace – en gran medida – de la solidaridad e identidad de género.

De este modo, conversar no es algo espontáneo y fluido para los hombres pues el tema de conversación, no es el sentimiento ni el mundo interno sino el afán de controlar, exitosamente, lo exterior a él. El rol masculino, adiestra a sus miembros a conversar sobre cosas “importantes”. Y, a juicio de la mujer moderna, estos temas masculinos son aburridos y poco interesantes, pues no revelan del carácter o de las inquietudes que el sujeto pueda tener. A su vez, los temas femeninos son considerados por ellos intrascendentes y frívolos.

Así, nos separan los prejuicios, pues ignoramos los componentes arcaicos que existen en los mecanismos de comunicación entre géneros.

Podríamos disminuir la brecha que nos separa si desecháramos los esquemas establecidos y comprendiéramos que el acto de conversar es un arte que genera cambio (del latín con-reunión y versare-girar, cambiar, dar muchas vueltas). ¿Qué tan dispuestos estamos para esto?

Publicado Marzo 2014

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